(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

martes, 1 de diciembre de 2015

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A la atención de (Seudónimo) de la revista (Nombre de la revista).

Señor. Admiro su trabajo y la valentía con la que lo expone, y por eso me arriesgo para acercarle una revelación que puede llevarle más cerca de la verdad. Tenga en consideración el peligro que entraña para mí comunicarme con usted en estos términos, y el que podría suponer para usted seguir el camino que por mediación mía va a abrirse en usted. Atentamente.

Burgess.

P.D.: Le adjunto un dossier que puede usted abrir o quemar, le sugiero lo último. Comprenderá usted que no pueda ser más explícito, pero un hombre de su experiencia entenderá enseguida el motivo de mi extremada cautela.

P.P.D.: Coincido con usted en que las experiencias supersónicas de transcorporeidad podrían ser las verdaderas causas de la suspensión del Concorde.

                               *   *   *

Tenga siempre a mano la luz de la razón, y en la oscuridad de las remotas construcciones de nuestro lenguaje, deje que le ilumine en su forma más pura. Sólo de esta forma hallará las claves para liberar a la ilusión y la esperanza de su hora más oscura.


Z   A   N  O  B  R A

Estimado señor Graco.

Espero que disculpe el atrevimiento de ponerme contacto con usted. Conseguí su verdadero nombre y su dirección postal por medio de una de las secretarias de NOMBRE DE LA REVISTA, que resultó ser una persona bastante indiscreta. Resulta irónica esta afirmación cuando he sido yo quien ha forzado, por medio de una simple persuasión verbal de lo más educada, esa indiscreción. Pero esa compañera suya es, sin duda, una persona demasiado dispuesta a colaborar con un desconocido como para honrar la propia raíz semántica del nombre que su profesión se atribuye. 

En primer lugar, debo proseguir con mis disculpas por adelantado por no presentarme debidamente. Seguramente está usted muy al tanto de las amenazas a la privacidad que nos acechan en este mundo y comprenderá que, tratándose de un tema de las dimensiones que le voy a referir, es importante mantener el anonimato. No obstante, considero de mal gusto dirigirme a usted sin que pueda tener un nombre que atribuirme, y entiendo que, de ser así, los siguientes párrafos le parecerán mas bien un embuste o una descabellada teoría de la conspiración enunciada por un demente o un bromista. Mi identidad debe quedar encubierta bajo un alias que no deja de tener conmigo la suficiente familiaridad personal como para que lo considere ciertamente uno de mis nombres, y no uno falso. Piense en mi mientras le escribo como un hombre que ha vivido ya ciertas experiencias, en las que el seudónimo Burgess le ha identificado.

En segundo lugar, debe usted conocer el motivo que me ha llevado a esta decisión de dirigirme a usted. El hecho de que esté leyendo estas palabras demuestra que tiene usted la intuición y las herramientas deductivas necesarias como para localizar fácilmente este texto oculto.Tras leer varios de sus artículos, he podido hacerme la idea de que la persona detrás de esas palabras es un hombre culto y escéptico, pero con una mente abierta a los mecanismos oscuros que se ciernen tras ciertos procesos, lentos pero de gran calado.

Del más lento de esos procesos es del que tengo información y experiencia que pueden ser de gran utilidad para un hombre con sus recursos y contactos. 

Entre todas las pequeñas y miserables conspiraciones que se han entretejido a lo largo de la historia de la humanidad, la más abyecta de todas es la que aún persiste oculta: una confabulación nacida en los fuegos de los tiempos primeros, cuando los seres humanos eran una criaturillas atrapadas por el miedo a aquello que se cernía en las tinieblas de los bosques y las selvas primigenias. Esos eran los tiempos puros: el ser humano estaba dotado para alcanzar goces a los que ningún otro ser había aspirado, en la historia natural de nuestro viejo planeta: ser el guardián y perfeccionador de un mundo al alcance de su propia mente y de su espíritu tenaz. 

Para someter a la Naturaleza, que entonces era aún más indómita e implacable de lo que aún, por fortuna, sigue manifestando, esas primeras criaturas pensantes necesitaron la magia. Tenían que comunicarse entre sí, poner nombres y establecer el orden. Aquellos primeros hechiceros sabían escuchar al mundo en el que vivían. Pero no eran tan buenos interpretando los oscuros recovecos de la mente de sus semejantes. Somos dioses recluidos en nuestras propias cuevas interiores, y tenemos muy poca idea de las historias y anhelos que yacen en las profundidades cavernarias de la persona que tenemos a nuestro lado. 

Estos sabios cayeron presa de su propia ignorancia y fueron suplantados por una casta organizada de astutos eruditos, que habían escrutado en el interior de los hombres mientras los chamanes se alejaban de ellos para percibir con mayor nitidez los mensajes de la naturaleza. Le dieron a sus semejantes lo que deseaban con más fuerza: poder y ambición, e insuflaron sus deseos por encima de lo que, de forma natural, ya los hostigaban.

Construyeron el edificio de la razón y el saber en su propio beneficio, y lo atesoraron para si y para los otros iniciados en los secretos. Emplearon la magia que los chamanes habían perfeccionado en las largas noches de invierno junto a la hoguera, y torcieron las historias para que sirvieran a sus propósitos: recondujeron el miedo de sus semejantes a formas simples a las que el poder de esta casta podía someter. Con el tiempo, la mayor parte de ellos comenzó a creer sus propias historias. Pero perduraron, durante siglos, prosperando y ampliando su poder, los que portaban el legado de un círculo secreto, un Secreto por encima de todos los Secretos. Estas personas no tenían nombre, escondían su identidad bajo falsos historiales que eran fáciles de inventar, y su cónclave permaneció, durante miles de años, oculto en la bruma de las cosas innombradas. 

¿Cómo puedo saber yo, entonces, de su existencia? No tengo intenciones de que mi relato tome la forma de una ficción folletinesca, con giros y sorpresas, de modo que seré directo en este punto: una persona muy querida me fue arrebatada por un trágico accidente, y ese hecho me sumió en un profundo dolor. Como suele suceder en esos casos, en un momento se maldice al destino aciago y se busca una explicación que no provenga de la casualidad, pues resulta demasiado terrible aceptar que algo tan precioso como una persona amada pueda dejar de existir por un simple error absurdo e imprevisible. Buscaba a quien culpar. En la mayor parte de las ocasiones puede encontrarse un chivo expiatorio, un factor humano que por acción u omisión ha intervenido en la trenza del infortunio. Casi siempre ese tipo de acusaciones, basadas en el dolor y en la necesidad de odiar a alguien o a algo, acaban mal dirigidas y recrean, de alguna forma, un eco de esa herida insoportable.

En mi caso, no fue así: una conversación casual me llevó a la terrible revelación de que la muerte de mi ser amado pudo haber sido un asesinato, con el único fin de servir de advertencia a otra persona muy cercana a quien también le era arrebatado una pieza fundamental de su vida. Un castigo por extralimitarse, por haberse atrevido a traicionar a esta orden poderosa y cruel, la más poderosa y cruel que pueda imaginarse. Y, no sólo eso: por darle un nombre, un nombre vinculado a su origen, con el que, por primera vez, podía llegar a quedar expuesta.

Ese nombre es el que encabeza estas líneas. Encierra tras de si la identidad de un cónclave maldito de sacerdotes mesopotámicos que definieron, mediante la perversión del naciente lenguaje y su sometimiento al signo escrito, las bases y el desarrollo futuro de nuestra civilización. Ellos miraron al cielo y prometieron al ser humano la gloria si seguían su guía y copiaban sus esquemas jerárquicos en la Tierra. Ellos fijaron las Historias, atribuyendo la veracidad infalible de sus versiones sobre su base original, transmitida oralmente desde el comienzo del habla. Definieron nuestra realidad, señor Graco, pusieron límites a nuestra forma de interpretar el mundo que nos rodea. Alentaron con ello los valores que interesaban a su plan, y reyes y campesinos fueron sus marionetas durante centurias. Aquello que llamamos "guerras de religión" no son más que "guerras de historias" alentadas por ellos. Lo que conocemos como "choque de civilizaciones" no es más que un conflicto entre idiomas programados por los conspiradores, y lenguas salvajes, en contacto con sus primeras historias "puras".

Entiendo que una persona con su formación podrá encontrar sentido a este relato, pero seguramente cuestionará que esa realidad histórica haya tenido detrás un grupo de personas que conscientemente han dirigido esos procesos, de forma ininterrumpido, desde el mismo nacimiento de la Historia. 

Pues bien, señor, he de afirmar, sin ningún ánimo de duda, que esa es la realidad. Ese Círculo pervive, integrado por sesenta personas de carne y hueso. Todos ellos, viven entre nosotros con identidades falsas, y el nombre que les adjudicaron sus progenitores fue borrado de los registros cuando entraron a formar parte de la orden. Se dice que tienen un líder, o un juez supremo, que pertenece al linaje original de uno de los Sesenta de Babilonia, al que la orden educa desde su infancia en los secretos de las Lenguas Primigenias, un Silencioso, Nacido sin Nombre. Todas estas revelaciones las obtuve de este conocido, causa y razón de mi desgracia, y de las investigaciones que en los años siguientes conduje para comprobar la veracidad de una historia tan increíble. Sólo el recuerdo de esa persona desaparecida pudo impulsarme a abandonar mi vida anterior y a consagrarme a esa búsqueda. Pero ¡ay! la ira irreflexiva y mi inexperiencia jugaron en mi contra y muy pronto caí en sus manos. Durante años fui su prisionero y sufrí toda clase de interrogatorios y torturas que estuvieron a punto de doblegarme. Pero me mantuve inflexible y nunca revelé el paradero del traidor, ni reconocí ningún conocimiento de este secreto. Pues aún existía otra persona cercana a ambos que podía ser objeto de la cólera insensible de nuestros siniestros amos, cuya influencia se ramifica a través de nuestras sociedades, alcanzando incluso los ámbitos más remotos. Le adjunto una pequeña muestra de las pruebas irrefutables que he recopilado, como parte de este dossier.


E S P E J O S   D E   L A    P A R A N O I A

Por supuesto, como les sucedió a los hechiceros del amanecer de los tiempos, estos sacerdotes no pueden garantizar el dominio absoluto de sus criaturas. Han ido adaptándose a los tiempos, decantando la balanza en los conflictos y acercándose a las bases del poder que, en cada periodo histórico, mayor dominio les garantizase. Pero han existido y existen otros rebeldes que, con mayor o menos conocimiento de causa los han hecho frente en el discurrir de las centurias. La clave para contestar a su poder podría estar ahora en las manos de esa persona cuya implicación no deseábamos ni mi fuente ni yo, pero que de forma inevitable ha quedado atrapada en medio de ella, a causa de ambos. Se trata de una persona extraordinaria, como usted mismo habrá podido constatar. Y ahora necesita su ayuda, de modo que bríndesela guiado por la misma luz que me iluminaba a mi cuando aún me debatía entre la razón y la locura de aceptar los hechos que le relato: el amor, que nos permite ser extraordinarios y desafiar cualquier obstáculo cuando lo que está en juego es el futuro del aquel ser que nos lo inspira. 

Guárdese de su indolencia, querido amigo. Protéjase de su descuidado deambular por los cenagales en los que habita la putrefacción del mundo. Piense en la navaja de Ockham, pero aplique una perspectiva larga, muy larga.


Burgess          


                         

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