(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

lunes, 2 de febrero de 2015

Informe del comisario Lobster, Estación del Noroeste

INFORME DE  INTERVENCIÓN

A las 16:43 del 28 de octubre de 2008, dos agentes de la Policía Metropolitana acceden a la Estación Noroeste acompañados de un equipo de sanitarios del SAC, a instancias de una denuncia previa del doctor Emil Vörk, para reducir a una paciente peligrosa, Zebra Kidney, que se había fugado semanas antes del Asilo Magallanes, centro de atención y terapia para pacientes mentales de la peor calaña. La señorita Z.K., de 26 años, había acudido a una cita informal con su terapeuta, con manifiestas intenciones de agredirle. El señor Vork refiere también voluntad de secuestro, pero no presenta denuncia al ser el médico personal y buen conocedor de la enfermedad de Z. K. Ante el revuelo causado en la cafetería de la estación, con una discusión en la que Z. K. acusó al sr. Vork de conducta indecente e insistiendo en su delirio en que este había asesinado a su gato, dos agentes de la Policía de la Estación acuden para dar apoyo a la patrulla que efectuaba la detención.

Viendo venir hacia ella a los sanitarios, Z. K. subió a la mesa que ocupaba en la cafetería, sujetando el brazo de E. V., que en esos momentos manifestaba síntomas de intoxicación por narcóticos, que más tarde se vieron confirmados. Z.K. comenzó entonces a leer pasajes de un provocador libro de poesía, haciendo caso omiso de las órdenes de los agentes, que la amenazaron con emplear su arma de electrochoque. Finalmente, después de que Z. K. lesionara intencionadamente un dedo de la mano de E. V., el agente metropolitano Malago pidió la intervención de los sanitarios, quienes inyectaron en la pierna izquierda de la srta. Kidney una dosis generosa de un calmante de efecto rápido. En el forcejeo, la señorita Z. K. cae al suelo, golpeándose la cabeza, no encontrando los sanitarios indicios de trauma, aunque indican que las posibles lesiones no podrán detectarse con certeza hasta que los efectos del tranquilizante pasen y se le realicen las pruebas pertinentes.

Los agentes metropolitanos y uno de los sanitarios condujeron entonces a la agresora a una ambulancia, con destino al Asilo Magallanes, centro del que es paciente, mientras que los dos agentes de la Estación Wiliam Váter y Koldo Juárez prestaban su apoyo al resto de sanitarios, atendiendo al señor Vork. Este se negaba también a colaborar y, bajo los efectos del una droga presuntamente suministrada por Z.K., se quitó los pantalones y esquivando a los sanitarios con una agilidad inusitada se lanzó a las vías, y comenzó a correr por el sentido contrario, en dirección este.  Tras una persecución de quince minutos, a la que se unieron los dos agentes de la policía metropolitana, encontraron al sospechoso sin resuello, tumbado junto a la vía, con síntomas de taquicardia aguda, y fué trasladado al Hospital Metropolitano para recibir atención médica.

Z. K. abandonó en la escena de los hechos un macuto en el que transportaba 4 litros de cerveza de marca blanca, un embudo, cinta americana, un libro de Umberto Eco, unas mallas negras con cola de alambre forrada de espuma y fieltro negro, un jersey negro de angora de la talla XXL y una máscara de látex y fieltro imitando la cara y orejas de un gato negro. No se encontraron sustancias ilegales ni drogas que pudieran vincular la crisis de E. V. con Z. K., aunque su taza de café está siendo analizada en el laboratorio.

Hago constar aquí que Z. K. carece de historial delictivo, y que pese a que se ha solicitado su historia de enfermedades mentales, el Asilo aún no nos a hecho llegar esa información.

INFORME DE LOS TESTIGOS:

Odblata Higgins: La testigo relata como, estando ella tomando su chocolate con una nube de nata montada, de forma plácida, mirando los trenes ir y venir, como es su costumbre, no pudo evitar escuchar la conversación de la mesa de al lado. Refiere que Z. K. se dirigió a E. V. con un odio intenso desde un primer momento, negándose a tratarlo de usted, como el respeto y la decencia exigen. Refiere también que, en un momento dado, la conversación subió de volumen, mientras ella acusaba al doctor de "haberle arrancado la cabeza a su gatito con sus propias manos y haberla obligado a presenciar una orgía sexual cuando era niña, en la que se vejó a una mujer", comentario muy impropio y desagradable por el que la sra. Higgins se quejó ante el camarero, Lucas Yolández, quien llamó la atención a ambos. Pocos instantes después hicieron su entrada los agentes de policía, para alivio de la sra. Higgins, que se condujeron en un primer momento con mucho tacto y delicadeza hacia la srta. Z. K.. Ella pasó a mostrar un estado de nervios muy alterado y violento, "como un león encerrado". Increpó a los agentes, proclamando en voz alta que ella no respeta a la autoridad del Estado y negándose a acompañarlos de buena voluntad. Ante la amenaza de el uso de un tranquilizante, Z.K. subió a la mesa y para espanto de la señora comenzó a leer unos fragmentos de un libro "extremadamente desagradables y cargados de odio generacional", apresando la mano derecha del doctor E. V., que en esos momentos refería también un estado mental alterado debido a una droga, de lo que acusó públicamente a la srta. Z.K. Refiere que, pese a las advertencias de los agentes, Z.K. continuó gritando y retorciendo la mano del doctor hasta que "con un sonido horrible, como cuando muerdes un caramelo que aún era demasiado grande y duro" rompió un dedo a E. V. Dos sanitarios se adelantaron entonces a instancias de uno de los agentes metropolitanos y, mientras uno la sujetaba de una pierna con los dos brazos, el otro procedió a clavarle una jeringuilla con calmante en la parte trasera del muslo izquierdo. Z. K. se revolvió en ese momento, tratando de desembarazarse del sanitario que la sostenía la pierna y cayó de la mesa de cabeza, llegando a creer la sra. Higgins que se había roto el cuello. Sin embargo, mientras era esposada aún en el suelo por el agente metropolitano, Z. K. comenzó a vociferar consignas anarquistas, insultando a todos los clientes de la terraza de la cafetería. El encargado, para consuelo de algunos, invitó a continuación a una ronda de chocolates a la taza con extra de nata a todos ellos, aunque este, bajo el criterio de la sra. Higgins, estaba frío.

Lucas Yolández (camarero de la cafetería de la estación)

El señor Yolández describe como en un primer momento pensó que presenciaba la reunión entre un padre y su hija descarriada, impresión propiciada por la estética "de prostituta punk de película de los noventa", a saber, pantalones "shorts" vaqueros "demasiado cortos", leotardos grises con calzas negras y botas Martens, un jersey rojo demasiado grande y una gabardina negra con "parches de bandas de rock satánico". El señor Yolández hace hincapié en que lo más sospechoso de su aspecto era el sombrero gris tipo fedora y el macuto militar, lo que en general "le daba el aspecto de una vagabunda, solo que parecía aseada y olía a una mezcla de espuma de mar y hierba fresca". Refiere que amonestó a los implicados por el tono de su conversación, haciendo la señorita Z. K. caso omiso, mientras el doctor E. V. la disculpó declarando que "estaba enferma y necesitaba su medicación" y alegando ser su médico. Su relato de los acontecimientos tras la llegada de los agentes es similar al de la sra. Higgins, con la puntualización de que el doctor, en su delirio, la llamó "puta zorra" y mencionó un tercer nombre, "Ducasse", mientras ella leía el texto que el sr. Yolández describe "de justicia apocalíptica, como esas cosas que les dices a los villanos en las películas antes de cargártelos", haciendo una clara mención a la película Ficción Pulpa, de R. Gecko. Desmiente también que sirivieran el chocolate frío, y achaca esta impresión de la sra. Higgins a que esta estuvo paseando por la estación pendiente de la resolución de la "lamentable escena", dejando que su taza se enfriase.

León J. Kowalski: Señala que mientras tomaba un café con un amigo, que tenía que tomar un tren con destino a su vivienda familiar en una ciudad próxima, no pudo evitar que la conversación de la mesa de al lado se le metiera en el cerebro. Refiere que Z. K. parecía querer saldar cuentas con E. V. por varios abusos que sufrió cuando era pequeña. Refiere que Z. K. acusó a E. V. de robar un cráneo y practicar con él rituales satánicos con alta carga sexual en su presencia. Refiere además que Z. K. acusó a E. V. también del rapto y asesinato de su gato, llamado Mahler. Refiere que Z. K. también habló de la participación de E. V., junto con otros, en una conspiración sionista. Ante la llegada de los agentes se puso muy nerviosa pero exigió que se respetaran sus derechos y llamó a su abogado, pronunciando el nombre de "Guy Burgess". Señala como los agentes amenazaron con su arma de electrochoque si no les acompañaba a la comisaría, momento en el que la srta. prounció "una sentencia estremecedora, con una gran energía", mientras E. V. comenzaba a delirar, y que la lesión de E. V. fué fruto del forcejeo, añadiendo que ella intentó tranquilizar al doctor cuando este comenzaba a delirar, diciendo a los agentes "es mi médico, lo conozco". Acusa también a los sanitarios de derribarla de la mesa, y refiere que antes de caer inconsciente hizo hincapié en que el martes tenía que ir a un sitio.

Giuliano Jolesco: El señor Jolesco, amigo del sr. Kowalski, refrenda las palabras de este, añadiendo que la actitud de Z. K. era la de una persona que tiene frente a sí alguien que le ha hecho padecer mucho sufrimiento, y destaca el atractivo físico y la poderosa declamación de la implicada.

Marta Félez:  La señorita Félez refiere que se encontraba en la cafetería tomando un refreso de naranja mientras esperaba la llegada del tren de su hijo y comenzó a escuchar la conversación después de que Z. K. elevara la voz y acusara a E. V. de torturarla y de asesinar a su gatito Mahler. Describe el tono de la conversación como "burlón" por parte del doctor, que llamó a Z. K. "niñata" y "estúpida". Señala como Vork confesó pertenecer a una sociedad secreta que sacrifica animales de compañía, aunque admite que dado el tono burlón y las circunstancias que siguieron, podría tratarse de un mero intento de tranquilizar a Z. K., aceptando de buena forma sus insultos y fabulaciones, aunque insiste en que "la forma que tenía de decirlo no parecía impostada, ella creía realmente que todo de lo que le acusaba era cierto". Alaba la acción de los policías, especialmente del agente Malago de la policía metropolitana, y describe la caída como "una pérdida de equilibrio" de la srta. Kidney

Agente Nicolás Malago: El agente Malago, de la policía metropolitana, ha preferido redactar su propio informe para la comisaría metropolitana, como corresponde dado que atendían a una llamada de su inspector, amigo personal de E. Vork, que responde por completo de la integridad del doctor, al que señala como una eminencia en su campo. Esperamos la copia del informe para cerrar el expediente del caso.
 
Comisario Aníbal Lobster, comisaría de la Estación Ferroviaria Noroeste.

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