(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

lunes, 23 de febrero de 2015

Del diario personal de Aldo Graco (martes)

No has venido. Tal vez debería preocuparme (¿debería?), pero al final eso es lo que no quiero pensar, que haya podido pasarte algo, prefiero quedarme con la más plausible y en cierto modo tranquilizadora teoría de que no has podido acudir a la cita porque en realidad todo esto no ha sido más que un episodio en una serie de televisión en la que tu eres la protagonista y yo uno de esos personajes recurrentes que repite en tres capítulos de un breve arco argumental, de transición. Ni siquiera conozco tu verdadero nombre, ni siquiera estoy seguro de verdad de si creo en todas las cosas que siento que creo cuando hablo contigo, me intento convencer de que sí, recordando la nitidez con la que puedo sentirlo cuando estoy derca de tí. Entonces todo parece claro, todo parece real, cuando tu actúas como alguien que podría llegar a apreciar mis anticuados modales, mi torpeza patológica. Cuando te ríes de mis bromas o yo me atraganto ante tus mordaces y desinhibidos comentarios. Oh, Mery, como adoro tu sonrisa y tus lunares y ver tus ojos muy de cerca hasta que solo parecen uno, vivir eso mismo tal y como lo contaba el argentino malhumorado que jugaba al cíclope en su chambre parisina. Como me has hecho sentir, mi amor, vivo, fuerte. Invencible. Valiente (¡yo!)

 Y aún así no he llegado a rozarte, no he logrado meterme debajo de tu piel mas que en aquellos momentos fallidos en los que terminaba besando tus lágrimas y yo sentía la angustia de quien ama y no sabe como regalar ese amor a la persona que lo ha inflamado. Quiero protegerte de todo mal, de todo sufrimiento, no se quien eres, y se muy poco de lo que has vivido. Pero has sufrido, has estado sola, yo quería regalarte mi alma como remedio a todos esos males, decirte "ahora este alma es tuya, tómala, envuélvete en ella como si fuera una toalla, deja que mis besos laven de tu cuerpo y de tu memoria las noches amargas, envuélvete en ella, seca tu piel con ella".

No me engañaré. Me llamaste, es cierto, me dijiste que nos veríamos, pero se que fué ese fugaz espejismo de nuevo, de nuevo sentiste una punzada de quizás y me llamaste, escuchaste mi voz y tenías tanto que decir, y yo a penas podía entenderte y menos aún consolarte. Te juré lealtad, tu aplacaste tu imaginación, volviste a tu realidad, a esos amigos terroristas y poetos, ¿para qué ibas a querer a un tío como yo, soso, aburrido, obsesionado con el pasado, que no conoce a ninguno de los grupos musicales que te encantan y que secretamente se acojonaba pensando en si finalmente, como fabulábamos mientras jugábamos a volvernos a enredar con las zarzas del sueño, huyendo del picotazo de la luz de la mañana, te acompañaba a uno de esos salvajes conciertos? Has vivido en mil lugares y has tenido decenas de nombres, decenas de amantes, ¿por qué ibas a detenerte en mi mas de lo meramente necesario? Pero no negaré otras verdades, que te encogías en mis brazos cuando te estrechaba, que hundías tu cabeza en mi pecho y cerrabas los ojos y dormías, dormías toda la mañana y a mi me daban calambres por la postura pero no importaba, no iba a turbar tu sueño ni a negarme ese momento de contemplarte y atusar tu cabello y llenarme de tu aroma. Tenía que observarte respirar tranquila para creer que de verdad estabas en mi cama, que realmente llevabas ahí todo ese tiempo, que de verdad podía ser. Los rayos de sol se peleaban por tocar tu piel, y toda la luz que no se derramaba sobre tu cuerpo era energía desaprovechada.

Maldoror también te echa de menos, claro. De alguna forma intuía que hoy íbamos a verte, lo sé porque ha estado despierto conmigo, agitando su graciosa colita, desde las cinco de la mañana (tenía que ducharme, arreglarme, estar preparado) hasta que hemos salido a las diez y media rumbo hacia ese parque, ya sabes. Te esperamos, un hora, dos horas, tres horas, pregunté diecisiete veces (no tengo reloj), consulté el día (a veces me salto días y otras veces los vivo por duplicado, pero eso ya lo sabes, no solo lo sabes, lo entiendes "es adorable" decías). Tu no llegabas y al final lo supe, que no ibas a venir, que nadie iba a traerme un mensaje de tu parte, que no tengo forma de contactar contigo, que ni siquiera has querido decirme tu verdadero nombre.

Solo soy un hombre relativamente extravagante que trató de hacerte vivir en una película en blanco y negro durante unas semanas. Aunque sólo fuera para jugar a las cartas, como C. C. Baxter y la señorita Kubelik ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué le cuento a Jacques cuando me pregunte? Porque él estaba al tanto de nuestra cita, llevo una semana histérico y solo el me puede soportar en esas circunstancias. Ahora pienso en una botella de vino y tal vez alguna película, no se, no puede ser nada bonito ni clásico ni que me recuerde a tí, quizás una slasher, normalmente las aborrezco pero siento que lo necesito, insensibilizarme, reirme de toda la muerte y el caos y la casquería...
 
Estoy condenado. Lo se. Se que mañana volveré al parque, aunque sea miércoles. Que miraré mi buzón cuatro veces al día. Que no iré a la oficina en semanas porque no quiero despegarme del teléfono. Que al final compraré uno de esos contestadores automáticos, como en las películas de los ochenta, uno con cinta de cassette y una luz que parpadee roja para avisarme de que tu voz ha quedado registrada, tu voz dirigida a mi con tanta dulzura que parece increíble la fluidez con que las blasfemias más condenatorias salen de tus labios, y entonces querría morderte, morderte la boca, beberme tu sangre, gota a gota, eso es la vida, el tiempo que he pasado contigo: vivir una vida entera condensada en unos segundos. Los que tardo en ascender con mis labios desde tus pies hasta tus rodillas, una vida. El instante de respiro antes de bajar hacia tus muslos, nuestros ojos encontrándose, tus pupilas dilatadas y esos tres lunares destacando sobre el rubor de tus mejillas. Otra vida. Sumergirme en tí, una vida, mil vidas, todas las vidas. ¿Que es lo que me espera ahora, que puedo esperar del resto de mis días? La vacía y antinatural lucha por la supervivencia, por el sólo hecho de no dejarme morir, hay que seguir, hay que aguantar hasta que reventemos, lo dice el libro sagrado, lo dice el libro del paciente. 

Pero no, no querrías oirme hablar así ¿como ibas a acudir a la cita con un pretendiente tan voluble? Sobreviviré para hacerme más fuerte, alguien a quien puedas amar. Esperaré.

Cómo no esperar. Cada martes, todos los martes, hasta que regreses.

 

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