(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

jueves, 15 de enero de 2015

Libreta de falsa piel de topo mordida por un perro (5)

Aquella tarde en la habitación de papá, en ese despacho acristalado, cubierto todo el día por una luz amarillenta (eran los cristales, estaban ya sucios cuando las Colonias se independizaron), el se había tenido que ir corriendo y yo hacía los deberes en otra mesita cerca de la suya. Disfrutaba con esos momentos, cada uno trabajando en lo nuestro, yo con los malditos polinomios que tanto detestaba (¿pero qué sentido tenía todo aquello? Cosas así me hacían dudar de que estuviera asistiendo al colegio adecuado, todos mis compañeros eran superdotados y yo me sentía super estúpida cuando era incapaz de relacionar letras con números) y él preparando una conferencia sobre el nacimiento de la segmentación social en las primeras sociedades teocrácticas. Sonaba mucho mejor. Así que me puse a leer sus notas y luego eché un ojo a los libros. Al principio los datos me parecían confusos y abrumadores y todo ese vocabulario técnico y pedante me desconectaba totalmente. Pero había un pasaje en su discurso de inauguración de las jornadas. Ahora lo recuerdo perfectamente. Es el comienzo del Enuma Elish de los babilonios


Cuando en lo alto el cielo no
había sido nombrado,
no había sido llamada con
un nombre abajo la tierra
firme

Entonces pasó. Aquella cosa mía de recordar con detalle los momentos de intensidad emocional. Fué como si me filtrara por debajo de todos esos rancios discursos, y conectara con la realidad que subyacía bajo esa construcción estadística (oh, me encantaría que mi profesora de lengua de sexto, que siempre se quejaba de que mi discurso divagase y terminara por volverse coloquial, el boli parece que escribe sólo y me estoy viniendo arriba). Lo que decían todos esos libros y todo ese conocimiento era que, en el principio, los hombres utilizaron las palabras para fijar la realidad y con ellas impusieron su realidad a otras personas. Y les hicieron creer que las palabras ERAN la realidad. Y que ellos tenían que hacer lo que las palabras decían que había que hacer. Y que si otros tenían otras palabras, esas eran incorrectas. Y debían callar y aceptar las palabras correctas, o serían asesinados. Y durante miles de años unos asesinaron a otros porque las palabras decían que había que hacerlo y que estaba bien.

Y ya está. Y sentí tanto asco y tanta angustia que todo lo que leí aquella tarde y las tardes siguientes de ese verano y por las noches a escondidas en mi habitación con vistas al río Miskatonic y una familia de moscas viviendo conmigo y con mi gato Mahler, se quedó grabado en mi memoria. Recorría en mi imaginación la Tierra en diversos periodos de la historia y sólo podía ver como las verdades de unos se hacían verdades de todos, mientras que el resto eran silenciadas por la sangre, por el miedo o por la costumbre. Así que todo era mentira. 

Me empecé a poner muy nerviosa y un día intenté hablar con mi padre de todo esto pero me puse a llorar y me entró hipo y acabé recordando en voz alta lo de aquel otro día, lo de las uñas negras y todo lo demás y mi padre también lloró y me abrazó. Me llevó al médico. "Esta niña tiene un don" dijo el doctor "esta niña tiene demasiado dolor en su memoria". Y entonces fuimos a la clínica. Recuerdo a Volkö. Lo recuerdo, recuerdo a ese cabrón.

"La pequeña tiene un problema serio, doctor Kidney, ha hecho usted bien en traerla hasta nosotros. Nosotros la ayudaremos."

Volko. Tiene un lunar enorme en la barbilla, y la piel ligeramente descolgada y amarillenta, los ojos un poco saltones pero los iris son estrechos, como unos ojillos de miope que hubieran estado expuestos al vacío o algo así. Muchos capilares rotos, que puto asco. El lunar se le deslizaba a la izquierda con un pliego de piel cuando apoyaba la barbilla en el puño, escuchando a mi padre con respeto y fugazmente dirigiéndome miradas inquisitivas. Joder, papá no me dejes aquí. ¡Aargh!

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