(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

domingo, 18 de enero de 2015

Libreta de falsa piel de topo mordida por un perro (7)

Y eso fué lo que pasó. Recordé a Prescott, recordé el trabajo que hicimos los tres primeros meses en Britania. Alguien estaba preocupado por el cambio radical que había sufrido una hermana suya, estudiante de Cambridge. Parecía obsesionada con la "materia de la comunicación", aunque entonces no sabíamos nada de todo aquello. Escarbamos un poco, dimos con otros casos de cambios de conducta aparentemente radicales en el campus. Tres, con una diferencia de cinco años entre sí. Todos parecían estar relacionados con un grupo concreto de profesores, cuatro para ser mas exactos. Leman, Lohengrin, Lombano y Holzer. El primer caso tuvo lugar a los cinco años de su llegada a la institución, siempre alumnos del último curso. Pero lo que me estremeció fué revisar las fotografías de los anuarios y contemplar entre estos cuatro rancios maestros de origen centroeuropeo, un rostro terriblemente desagradable y reconocible. No es que hubiera olvidado su cara, aunque ahora se hiciera llamar Vork. No es que hubiera olvidado la clínica, el "tratamiento", las pesadillas. No se olvida esa cara.

 No me quería curar. Quería aprovecharse de mi capacidad para simularla artificialmente. No asumía que eso no podía hacerse, y que si era posible, mi accidente y esa "medicación" no me estaban ayudando. No le importaba una mierda, no era más que un puto sádico. Uno de los máximos exponentes de la psicología cognitiva, experto además en lingüística y semiótica. Ni puta idea, no sabía nada de todo eso. Y por supuesto, eran recuerdos vagos, envueltos en la bruma de los sedantes, de la monotonía. Pero ver esa foto y volver a leer aquel estúpido mantra, "sub especie comunicationis", activó un interruptor en mi cabeza. De forma descontrolada, sin poder elegir ni filtrar (aunque eso nunca había sido fácil) cayeron sobre mí los recuerdos intensos, cada jodido detalle. De pronto era capaz de recordar la peste de su aliento de cabrón y su mano sobre mi pierna y sus amenazas de castigo. Puedo recordar la presión a la que me sometía día a día, la conversación desagradable con la ayudante que me recolocaba los electrodos en distintas zonas de la cabeza, como hablaban de mapear mi cerebro y como bromeaban con que sería más fácil extrayéndomelo del cráneo y fileteándolo, aunque corrian el riesgo de que el tejido se corrompiera demasiado rápido. Como si yo no estuviera allí. Recuerdo las correas para evitar que me resistiera, sus cínicas palabras de calma y relajación. El tacto de su mano mientras me decía sonriendo "veamos como registra este estímulo". Puto asco, hijo de puta.

Descubrí que Völko a.k.a. Vork era profesor invitado y que acudía todas las primaveras a unas conferencias. Estuve encerrada en casa durante tres meses. No le cogía el teléfono a Prescott, que estaba sinceramente preocupado, el gran tierno mamón. Sólo quería saber mas, indagar mas en él y en mi propio pasado. Me sumergí en las redes y terminé por poner en práctica los métodos de inmersión de consciencia que el propio Völko había querido experimentar conmigo, sin éxito entonces.

Pero lo logré. Como aquel día con los libros de mi padre, al final encontré una vía de acceso. Y entré. Y oh, joder, toda esa información. Toda esa manipulación, toda esa ignorancia, toda esa hipocresía. Internet me atrapó. Perdí incluso la motivación, dejé de investigar, dejé ir mis recuerdos. Mi mente se llenaba de información, más de la que era capaz de procesar, mucha mas, casi infinita. Algo fallaba, pero no daba con ello, es como cuando tienes algo pegado en la mejilla, pero no puedes girar los ojos hacia ahí, ni rascarte, porque no tienes manos (me refiero a una pesadilla en la que pasa eso), solo sabes que hay algo. Seguía sin recordar aquella verdad que aprendí de pequeña. Demasiadas interferencias, demasiada información y estímulos. Me desvanecí lentamente hasta quedar en los huesos. Gasté casi toda mi parte del dinero que P., G. y yo habíamos ganado timando con un falso intercambio de heroína a los ministros de asuntos exteriores francés y alemán. Sólo Rimbaud me mantenía en el mundo real. Pasé días sin ver el Sol.

Creo que, a pesar de todo, si que le debo algo a Aldebarán. Tenía una sonrisa bonita, me llevó de vuelta a las calles, e incluso más allá, a descubrir (por segunda vez) la verdad sobre mi pasado.

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