(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

lunes, 19 de enero de 2015

Libreta de falsa piel de topo mordida por un perro (10)

Las explicaciones de Aldebarán me llevaron directamente ahí. A la sala.

Desde hace dos meses, voy cuatro veces a la semana la clínica, "Asilos Magdalenas". La tía Charlotte me lleva en coche. Apesta a alcohol por la mañana, su marido la trata como un trapo. Es estúpida y lo sabe, sufre mucho. Pero principalmente porque es una jodida egoísta. Yo no le importo una mierda, y jamás ha entendido absolutamente nada de la vida de mi padre.

Algunas noches me tengo que quedar a dormir en la clínica, la tía Charlotte firmaba las autorizaciones. Me hacían pruebas aburridas, el doctor era desagradable, olía mal, era brusco. Descubrí el desprecio con once años, me lo enseñó ese hijo de puta. Yo ni siquiera debería estar allí. Mi "don" o síndrome había desaparecido, de alguna manera, con la conmoción cerebral. Aún así tenía que quedarme a dormir. Me metieron dentro de un tubo de scanner. Me pegaron electrodos en todas partes. Llevaba dos meses llendo cuatro veces por semana a la clínica de Völko. La tía Charlotte me llevaba en coche. Algunas noches me tocaba quedarme a dormir, la tía Charlotte firmaba las autorizaciones en nombre de mi padre, que por aquel entonces viajaba mucho. A Etiopía, tres meses. A Tailandia, cuatro meses. Me traía cosas de ahí, cosas bonitas. Yo quería que se quedara. No quería que subiera en aviones. No quería quedarme sola con la tía Charlotte toda la vida, había planeado perfectamente mi fuga en caso de que a mi padre le sucediese algo. Tenía una amiga imaginaria, pero por aquel entonces se marchó a estudiar a Nueva Amsterdam. Y estaba mi gatito Mahler, es el único que me escucha, le gusta escuchar conmigo Mahler y luego algo de Jethro Tull.

 Una de esas noches me dieron algo, una cápsula diferente. No había que tragársela de golpe "podría sentarte mal". Sólo dejar que se deshiciera en la boca. Al cabo de unos minutos todo era muy confuso, los sonidos tenían eco y la luz proyectaba unas sombras reptantes. Estaba aterrada. Me llevaron a una sala cuadrada, creo que si que había pizarras. Todo un poco borroso ahí, como si hubieran pasado un estropajo. No había nadie, sólo un transportín de mascota.

Dentro estaba mi gato, Mahler, con sus orejas negras. Lo saqué del transportín con dificultad, parecía dormido. Entonces se apagaron las luces y entraron. Eran cinco personas encapuchadas, vestidas con unas horripilantes túnicas rojas. Cada uno portaba con gran ceremonia una vela negra y un cuaderno forrado con recortes de revistas, mi madre de daba los recortes de revistas de música, cine, historia del arte, cómics. Eran mis cuadernos, mi tía debía haberselos dado. Donde hacía los deberes y dibujaba al lado de papá, y donde había escrito con letra minúscula, grande e irregular mis balbuceos de niña de diez años que de pronto había descubierto que todo era mentira. Entonaban cánticos incomprensibles, pero de vez en cuando todos repetían "Sub especie comunicationis".

Cada uno de ellos comenzó a copiar en las pizarras pasajes de mis diarios. A la luz de las velas con tiza blanca los sometieron a su frío análisis, descompusieron cada una de mis frases hasta que solo dejaron la frágil y fallida estructura de funciones sintácticas y semánticas. Entonces Völko descubrió su rostro "¿No lo ves, niñita? Al escribirlo y procesarlo con el lenguaje, tu propio razonamiento entra a formar parte de la misma mentira. Si todo esto es mentira ¿quién eres? ¿quiénes somos los humanos? Sin las palabras, te lo diré de nuevo: salvajes. Tienes un don y lo malgastas en este galimatías antitético sin sentido ¡idiota!. Con todos esos pasajes infantiles y que no hacen mas que revelar tu sensación de culpabilidad por desear a tu padre, por haber perdido a tu madre después de haber anhelado que desapareciera."

Estaba aterrada. Cogió a Mahler y entonces elevó la voz. "Felis Silvestris" gritó, a lo que uno de sus esbirros replicó "¡Felis!". Völko continuó gritando "¡Felinae!"
- Felidae - respondió otro de sus acompañantes, con voz de mujer joven
- ¡¡Feliformia!!
-Carnívora
-¡¡Placentalia!!
-Theria
-¡¡¡Mammalia!!!
- ¡Vertebrata!
-¡¡¡Chordata!!!
Y en ese punto los cinco se pusieron en círculo, mientras Völko levantaba al gato laxo e inerte con sus dos manos por encima de la cabeza. Y gritaron a la vez ¡¡ANIMALIA!! tirando de sus extremidades y de la cabeza, cada uno en una dirección. Yo estaba paralizada y tenía la garganta seca, pero estaban descuartizando a Mahler, conseguí decir con voz quebrada "¡Estáis despedazando a Mahler, se llama Mahler!" Estaban cubiertos de sangre. Con la cara salpicada, Volko se me acercó mucho, desencajado, como si le hubieran borrado los ojos y la boca ocupase toda la cabeza y detrás estuviera el Vacío soplando un aroma a puta putrefacción, la voz salía desde un lugar remoto y maldito, desde el estómago de un gigantesco gusano subterráneo que vive dentro de nuestro genoma desde hace eones "¡¡Mahler!! Ahí tienes tu mentira, niña." Puso ante mis ojos la cabeza de mi gato precioso, acababa de arrancarla de su cuello con sus propias manos "Ponerle un nombre no hace que deje de ser un animal, ¡no es más que otro gato que importa tan poco como lo poco que te importan los miles que viven y mueren en los vertederos cada día! Te engañas a ti misma, y le pones un nombre humano, el de un compositor sensiblero, un romántico desfasado que no hizo sino retrasar la evolución del lenguaje musical. Crees que has descubierto la Gran Verdad y no eres mas que una niñata asustada que pone nombres a las bestias para humanizarlas. Como todas las demás niñitas estúpidas.". Dos de sus acólitos, que no podían dejar de reír histéricamente, me llevaron hacia una de las pizarras y la dieron la vuelta. No había ahí nada más que números y símbolos matemáticos, yo no se nada de eso, siempre odié los polinomios, no tiene ningún sentido. Me dejaron sentada delante, sin poderme mover, con los ojos abiertos como platos pese a que las lágrimas los inundaban. Ya no pude verlos, pero si escucharlos celebrar su asquerosa orgía. En algún momento me dormí.

Desperté en mi habitación de la clínica. No dije ni una sola palabra. Tampoco le dije nada a tía Charlotte mientras volvíamos en coche, aunque ella no paraba de hablar en voz alta consigo misma. Al final llegamos a casa. Quería ver a Mahler, quería saber que todo había sido una pesadilla. Pero el gato no estaba por ninguna parte. Finalmente pregunté a mi tía "Estaba enfermo, niña. Te podrías haber puesto enferma tu también. Pero ahora está con unos señores buenos que lo van a cuidar".

No hay comentarios:

Archivador