(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

sábado, 17 de enero de 2015

Entrevista con Prescott Kelms, detective jubilado. Por Jacques Percipied. Extraído de la revista "Nombre de la Revista"

Cuando leí por primera vez el nombre Prescott Kelms en el expediente de Z.K., este produjo un eco en mi memoria. Por algún motivo evocaba en mi reminescencias de un pasado lejano, los tiempos de los manuscritos iluminados y peligrosos viajes en barco, siempre sin perder de vista la costa. Luego descubrí que existían ciertas conexiones reales a través del filtro prerrafaelita "Colecciono objetos con el monograma de William Morris. Empecé allá por los años sesenta. Esta carta firmada en la que se despide de una amante se la gané a Alfred Hitchcock tras una partida de canasta de casi seis horas". El elegante tono de voz del señor Kelms "llámeme Press, así me llamaban", esconde unos matices irónicos que hacen desconfiar de la veracidad de sus historias "no soy un loco que necesite inventarse cuentos para hacer que su vida parezca mas interesante de lo que es. Son casi sesenta años de oficio a mis espaldas. Comencé muy joven y lo primero que me enseñó mi maestro, el mítico Phillip Marlowe, es que para empezar a hablar hay que dejar claros los honorarios." Noventa pavos al día mas gastos, y esos gastos comienzan con otro gimlet muy rebajado de ginebra y con mucha lima. "Aun hoy sigo siendo un detective, y si quieres que me ponga a merodear por mis recuerdos buscando a una antigua socia, yo a eso lo llamo trabajo." Esboza una arrugada sonrisa que, en su juventud, debió haber encandilado con facilidad a las admiradoras de los hoyuelos. La acompañaba de una mirada chispeante que, pese a la edad, parecía limpia, nítida, atenta.

¿Que recuerda usted de la señorita Kidney, señor Kelms?

Zebra es una de las mujeres más maravillosas que he conocido. Se que dicen que quieren ayudarla, pero lo cierto es que no tengo intención de contarles una mierda sobre ella. Solamente lo que necesitan oir para dejarla en paz. Verá, la hicieron daño. Por ser extraordinaria. Cuando me la presentaron, decidí que la chica necesitaba respirar el aire del mundo y desatar todas esas ideas suyas. Y también aprovechar su talento. Hicimos un buen equipo durante un verano, trabajábamos en la zona de Vieux Port. Nos metimos en un caso gordo, luego algo salió mal, un malentendido con diez toneladas de heroína de por medio que resultaron ser diez kilos. Algunas personas se enfadaron. Conexiones políticas bastante feas, algo se filtró y por desgracia un montón de altos funcionarios de la potencia occidental  en la que se pueden comer los mejores apfelstrudel del planeta se quedaron sin su caballo. Nos pudo haber caído una muy gorda, nos podrían haber matado. Zebra nos salvó el cuello hablando con las autoridades francesas sin saber prácticamente francés (hace una pausa, sonríe), prácticamente reinventando el idioma... pero al final, las cosas se complicaron más para ella. Se que fué a Inglaterra una temporada. A penas nos vimos después de ese verano.

¿Podría detallar el tipo de trabajo en el que le ayudaba Zebra durante ese caso?

Analista. Tenía un don. Greta, nuestra experta informática, conseguía los datos, y juntas los clasificaban. Luego Zebra establecía las conexiones, analizaba los datos y bueno, el caso es que dimos con mucho mas de lo que esperábamos y al final casi nos pasamos de listos. Pero todo quedó en una severa reprimenda y en que a mi me inhabilitaran para trabajar en Francia.

¿Que hizo usted después de aquella inhabilitación?

Volví a los Estados Unidos. Había trabajado allí a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Visité a mis viejos amigos, pasé unas semanas hipotecando, apostando y finalmente perdiendo el rancho que había comprado hacía cuarenta años con mi exmujer. Luego regresé a la madre patria, Britania. Libre de impuestos.

¿No volvió a coincidir con Zebra?

Tomamos el té en un par de ocasiones, creo recordar. Luego desapareció.

¿No volvió a verla? ¿Se fué del país?

Desapareció. Se convirtió en otra persona. Tal vez siempre había sido otra persona. Ya ni siquiera se llamaba Zebra.

¿Y cómo se hacía llamar?

De otra forma diferente, señor Percipied. Le aseguro que ese caso si que no voy a cogerlo.

(De nuevo la sonrisa de Kelms, que parece encerrar mas de un secreto que no revelará a este periodista novato en una entrevista)

Entiendo que no quiera usted dejar en evidencia a una antigua socia, pero sin entrar en detalles ¿podría al menos hablarnos de como era ella?

Ella es maravillosa, ya se lo he dicho. Formidable incluso. Y encantadora. Y sexy, por supuesto. Muy inteligente, siempre buscando algo, siempre buscando. Puedo recordar con claridad su mirada de concentración. Era hermosa, especial, era imposible no darse cuenta de que detrás de esa mirada estaba ocurriendo algo, algo grande. No sólo era analítica, podía ser muy creativa. Escribía mucho en sus cuadernos, dibujaba, buscaba siempre una forma de expresarse más pura. Muy sensible. Una mente a gran escala, habitando un cuerpo admirablemente diseñado. Muy divertida. Algo asustada, pero llena de compasión. Y fuerte, eso se lo aseguro.

El cuarto gimlet parece hacer efecto, su mirada se vuelve vidriosa y emborronada, habla más bajo. Ensombrecido el brillo de sus ojos, ahora si se manifiesta con claridad el peso de los años, un crisol de memoria. Por un momento parece que se ha olvidado de mi presencia.
 
En Victorian City parecía un poco menos brillante, era llamativo verlo en su aspecto, había adelgazado varios kilos, no se cuidaba. Se pasaba el día encerrada en casa con un gato blanco y negro al que llamó Rimbaud, leyendo y navegando por Internet. Creo que estaba algo... colgada de la Red. No podía dejar de buscar pero la había pasado algo, no confiaba en la gente. Quería salir del país. En aquella época andaba algo falta de convicciones, pero luego algo cambió. Recordó algo, eso dijo. Luego cambió.

Prescott parece recuperar la compostura, apura el último trago antes de ponerse de pié con la agilidad de un niño.

Y eso es todo lo que le puedo contar. Y no me venga con esa sonrisa, señor Percipied, me la han imitado Robert Mitchum y Kirk Douglas en un montón de películas, pero la inventé yo.

Me ofrece su mano mientras pronuncia esas palabras, un apretón rudo y lleno de vitalidad, antes de despedirse.

Usted me pidió una foto de Zebra. Esto es lo que tengo para usted y su revista. Buena suerte y por favor, dejen de escarbar en el pasado de mi vieja amiga. Necesita curarse, descansar y que la dejen tranquila. Llevo años intentando hacer que la saquen de ese sitio, pero es como toparse contra un muro. Le diré lo que creo: los que dicen que la están ayudando son los que la han llevado a ese estado, y a ese pobre muchacho amigo suyo. En lugar de hacer preguntas sobre ella, la próxima vez pregunte sobre esa clínica. Le haré precio especial.

 Encima de la mesa me ha dejado una fotografía. La primera imagen de Zebra Kidney que hemos podido ver.





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