(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

lunes, 11 de agosto de 2014

No importa (extraído del cuaderno de notas de Aldo Graco)


...por lo que el origen secreto de los Iluminativos, como buen secreto, nos es desconocido, y resulta altamente improbable que una sociedad tan antigua y arraigada, si valoramos realmente su poder hasta el extremo de que puedan llegar a infundirnos ese temor irracional que sólo puede provenir de lo desconocido (lo que Howard Phillips denominaba «lo incognoscible»), resulta altamente improbable, decía, que ese origen tenga la menor relación con lo que autores de dudosa reputación han «revelado» en obras como la que reseñamos aquí. De modo que sin rubor me veo obligado a recomendar a todos los fieles lectores de esta sección que obvien la obra de Konrad Posermann, titulada «Los Iluminativos: su origen secreto». Añadiría, a modo de conclusión, que si acaso alguien se plantea la posibililidad de adquirir este libro como lectura ligera, motivados por su aparente asequibilidad, es justo señalar que ni siquiera está bien escrita, carece de sentido del humor y  muestra tal desinterés por el tema en cuestión que no intenta hacer referencia a fuentes inventadas: el autor simplemente se recrea insistiendo en su experiencia personal como miembro de la secta. Aún así, no podemos evitar pensar que si productos de tan baja calidad ven la luz, y difícilmente van a encontrar lectores, se intuye tras ellos la mano oscura y difusa de la Sociedad Secreta, que encubre sus verdaderas actividades difundiendo esta clase de panfletos como bombas de humo, para asegurarse de que ningún investigador que se considere serio profundizará en pesquisas más concienzudas sobre una plausible base real, bien oculta (como a una verdadera Sociedad Secreta corresponde) tras nombres tan improbables como el del autor de esta obra»

Menuda mierda de reseña, Julian me la va a tirar a la cara «te falta mordiente, Aldo» me dirá «si es un bodrio lleno de falacias, déjalo en evidencia, despedázalo, eso es lo que les gusta a los lectores de esa sección». Me dirá «dices que está mal escrita, y luego tu escribes «posibilidad» seguido de «asequibilidad» y te quedas mas ancho que largo, después de dar mil vueltas dubitativas». Y yo pensaré que Julian no ha captado mi fino homenaje al anteriormente citado Howard Phillips, pero tampoco trataré de explicarlo porque tiene razón, esto es una basura.

Pero qué sentido tiene lanzarse al cuello de un Konrad que no es Konrad. Tan absurdo como evocar a una Mery que no era Mery pero jamás quiso decirme su verdadero nombre, y aún así dejó claro que realmente no era Mery ¿quién se llama Mery Magdalenas? Consideremos que el apellido podría darse, por qué no, por qué no iba a descender de una antigua familia de reposteros, que tras generaciones de cuidadosa elaboración de esponjosos mantecados hubieran terminado por asumir el mote que les daban los parroquianos de un tranquilo pueblo decimonónico cerca de las montañas, «los Magdalenas» los habrían llamado, pero que desatino que el señor y la señora Magdalenas hubieran escogido ese nombre para su adorable hija, adorable bebé que debió ser con esos hermosos ojos verdes y esos simpáticos lunares en V, y ya se apreciaría entonces la forma de esa boquita perfecta de sonrisa irónica, los labios finos pero rosados, una boca bien dibujada, excelentemente dibujada. Sin duda.

Seguramente la fina ironía estaba presente en el carácter de esos progenitores de los que nunca hablaba, alguna escueta mención a su padre, un estudioso al parecer, amante de los libros, lo imagino como una extravagante rata de biblioteca con gafas grandes, arregladas más de una vez, y generosas patillas. No, la vena irónica debe provenir de esa madre misteriosa, pero aún así Mery Magdalenas no, no es posible.

Si hay algo que me entristece (como si hubiera algo que no me entristeciese, pero este punto me entristece en particular) de la partida precipitada de mi querida querida M. M. es no haber llegado a ganar su confianza hasta el punto de que me confesara su verdadero nombre ¿por que habría de esconderlo? No lo sé, pero lo respeto y lo admiro, y aún así ojalá pudiera suspirar su nombre en mis desvelos. Pronuncio su alias y la M se me atasca en la boca y me quedo mugiendo estúpidamente hasta que el aire abandona mis pulmones y en un par de ocasiones he estado a punto de desmayarme, cosa que no es infrecuente en mi. Pero no era así con ella, no era así. Con ella a mi lado no siento que flojeen mis piernas, con ella no balbuceo estúpidamente como siempre me ha sucedido con las mujeres desconocidas, y también a veces con los hombres desconocidos, los hombres adustos de mirada severa que me hacen sentir pequeño e indefenso, y los zafios que me indignan con su autocomplaciente ignorancia. Con ella me sentía (Jacques se reiría de esto) un hombre, si, como un hombre debería sentirse. Como siempre pensé que me sentiría algún día cuando fuese mayor y fuese fuerte y fuese seguro. Mis muchos defectos parecen desaparecer, consigo no pensar todo el rato en que estoy a punto de hacer alguna estupidez. Siento paz. Por primera vez en toda mi vida, he sentido lo que es vivir sin miedo, sin miedo a la muerte, si ella está a mi lado.

Pero se ha ido, y aunque hemos quedado un martes (algún martes, uno que está por llegar) a las once, realmente temo por mi, temo perder esa sensación y esa fuerza hasta ahora sólo intuída, acabar recordándola como un sueño difuso y lejano. ¿Que pensaría M. M. sobre este Konrad Posermann? Seguro que ella lo hacía pedazos con una sóla frase. Mmmmmmmmmmmery

Pero sobre todo temo por ella, por mi esquiva M. M. que salió de casa disfrazada un día de lluvia. El calzado no era el apropiado. Ojalá no haya cogido frío, ojalá se encuentre bien, sea feliz y aún así... y aún así se acuerde de mi, y me llame pronto. El próximo martes, será, o el siguiente, cualquier martes, dentro de mil martes.

No importa.

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