(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Libreta de falsa piel de topo mordida por un perro (1)

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Las ocho de la tarde. Lluvia fina pero persistente. Limpiaparabrisas danzando al son de Radio Gaga. Odiaba estos trabajos, pero no podía rechazarlos. Hay que vivir una vida. Hay que alimentar al vampiro. Joder, si, hay que alimentarlo. Me quema por dentro.

Por fin salió del portal con paso vivo. Una chica menuda, de unos cuarenta y cinco kilos y cerca del metro sesenta, con el pelo rubio recogido bajo un gorro de invierno muy colorista. Los zapatos no eran los más adecuados para la lluvia, las gafas de sol no eran prácticas para su función primaria. Las ocho de la tarde de un día lluvioso de noviembre.  Cuando apagué la colilla en el cenicero me dí cuenta de que había estado fumando, me tengo prohibido fumar en el coche. Y sin embargo dentro había ya más humo que aire, por lo que bajé la ventanilla. Tan sólo una rendija.

La joven había subido a un autobús y comencé a seguirla. Esa parte era la divertida. Perseguir es divertido, perseguirte sin que lo sepas. Lo duro es observar. 

[...]

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No era de extrañar que hubiera escogido una mesa en una esquina. Ese jersey rojo, dos tallas más grande, su sutil caída sobre el hombro izquierdo. La falda negra, podría decirse que bastante breve teniendo en cuenta lo largo que estaba siendo ese otoño. El cabello, del tono de ciertas mieles de monte, y con el mismo juego de brillos y sombras, fino, denso. Formaba un conjunto que difícilmente podría pasar desapercibido. Dejó las gafas de sol sobre la mesa y me dirigió una mirada azul e hipnótica. ¿De verdad me había visto? Esbozó una débil sonrisa, llamándome con un gesto de la mano. "Debo estar perdiendo facultades" pensaba para mis adentros. Llegué hasta su mesa.

- ¿Me hacía señas a mi, señorita? Disculpe, no soy el camarero. - mi sonrisa de Robert Mitchum.
Su rostro perfecto – nivel “jódete, Fidias” - podía moverse, y lo hizo al hablar.
- Me preguntaba si no querría usted sentarse conmigo.
La pregunta me hizo dudar exactamente tres segundos. Uno, las órdenes son claras y son “mantén la distancia, que no te vea”dos ¿podría ser que simplemente “quiere que me siente con ella”? Tres. Tres lunares en la mejilla izquierda, tapados con mucho maquillaje pero sin duda forman una V cerrada. Aldebarán tenía razón, la naturaleza del trabajo ha cambiado.
- ¿No espera usted a alguien?
Ahora la risa se hizo sonora, dulce.
- Claro, querido. Lo esperaba a usted.

Odiaba estos trabajos.     

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