(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

martes, 20 de mayo de 2014

EXTRACTO (2) El caso del perrito perdido- Por Jacques Percipied. Revista (NOMBRE DE LA REVISTA), abril de 2013


   Aldo se había transformado. Nunca había presenciado semejante lucha interna, dos bestias se debatían en el interior de mi amigo. Por momentos parecía que estaba a punto de partirse en dos. Pasaba por diversas fases, pero habitualmente me telefoneaba para que fuera a visitarlo a su casa para charlar o "para que pueda leerte un par de cosas muy interesantes". Su tono amistoso escalaba irremisiblemente hacia la ansiedad histérica si de primeras me mostraba reticente a acudir a su llamada, o planteaba alguna excusa poco convincente. En ocasiones realmente estaba haciendo algo y me era imposible ir a verle "lo siento, Aldo, envíamelo por correo, luego lo leo y lo comentamos". Pero muchas veces se presentaba en mi piso, ignorando totalmente mi negativa "pasaba por aquí, iba a devolver unos libros" "Aldo, son las once de la noche, joder". Le dejaba subir, me saludaba muy afectuosamente, disipando con asombrosa facilidad el enfado que me producía con su actitud recalcitrante. 

Esas noches seguían un guión calcado, todas ellas. Al principio estaba muy calmado y risueño, hacía algún comentario aleatorio acerca de las revistas que tenía sobre la mesa, o lanzaba al aire un cortés  "oh, ese libro es muy bueno" "¿lo has leído?" le preguntaba "No, pero Mery Magdalenas me lo ha recomendado mucho". Me estremecía con sólo oírle pronunciar el nombre: él sabía tan bien como yo que era falso y además sonaba absolutamente ridículo. Pero lo invocaba con una cierta sonoridad, como un gemido anhelante que terminaba en una sonrisa nostálgica y generalmente un suspiro. "Volverá pronto. Hemos quedado el martes" "¿Éste martes?" "No" decía "este martes no". Entonces sacaba sus libretas y aquel dichoso libro que le tenía casi tan obsesionado como la señorita Magdalenas, desde que ésta había partido a atender unos asuntos familiares. 

Toda la historia de Mery, vista con distancia, resultaba bastante delusoria, teniendo en cuenta el hecho de que nunca había tenido oportunidad de conocer a esa belle dame sans merci, pero me cuidaba de no hacerle ningún comentario a Aldo. Su sensibilidad se desbocaba con facilidad, y mas esos días "¡Escucha esto!" me decía, y empezaba a gesticular, tomando aire por la nariz, profundamente, cada vez con un poco mas de fuerza. Entonces una voz exageradamente cruel salía desde aquel mismo punto, junto a la boca del estómago, en que nacían esos gimientes "Mmmery", leyendo roncamente  "Está lejos; veo su silueta caminando por un estrecho sendero. ¿A dónde se dirige con tan tardo paso? Ni él mismo lo sabe... sin embargo, estoy persuadido de que no duermo: ¿qué es es eso que se acerca y sale al encuentro de Maldoror? ¡Qué grande es el dragón... más que una encina! Diríase que sus blancuzcas alas, sujetas por fuertes ligamentos, tienen nervaduras de acero dada la facilidad con que cortan los aires. Su cuerpo comienza con un busto de tigre y termina en una larga cola de serpiente" y pronunciaba "serpiente" con un siseo que desembocaba en un tono de gran regocijo "¿Qué lleva en la frente? veo escrita, en una lengua simbólica, cierta palabra que no puedo descifrar. Con un postrer aletazo se ha acercado a aquel cuyo timbre de voz conozco. Le ha dicho" pasando a una frecuencia más grave y gutural "Te aguardaba, y tú también. Ha llegado la hora; aquí estoy. Lee, en mi frente, mi nombre escrito en caracteres jeroglíficos". Acompañaba una nueva inflexión de la voz, que se dulcificaba un tanto, de forma casi pastosa, cuando volvía al histriónico narrador "Pero él, a penas ha visto llegar al enemigo, se ha transformado en águila inmensa y se prepara para el combate" su cuerpo se flexionaba, tenso, simulando la actitud de estar al acecho "haciendo chascar de satisfacción su curvado pico, queriendo con ello decir que se encarga, por sí solo, de comerse la parte posterior del dragón. Helos aquí, trazando círculos cuya concentricidad disminuye...". Y trazaba círculos cuya concentricidad disminuía. Giraba sobre si mismo, contendía contra un enemigo invisible mientras describía la enconada pelea con voz atronadora, un dragón y un águila desgarrándose en mi cocina hasta que el libro salía despedido contra mi jarra filtradora de agua RITA, que purifica mejor y mas rápido sin dar sabor a plástico, y que a pesar de caerse no se rompe ni derrama su contenido. Entonces solía preguntar si tenía algo de vino y ese asunto aún era más preocupante, Aldo no bebía nunca y ahora parecía tener siempre bastante sed, especialmente de mis tintos. 

Todo ese furor dionisiaco solía terminar en melancolía. Divagábamos sobre cualquier cosa, pero él siempre terminaba volviendo al libro. Una noche: "Hay una fuerza primigenia en esas palabras ¿lo sientes, Jacques? Su sonoridad. Fueron escritas para ser pronunciadas fuera de la mente, un exorcismo. Reproducirlas en la propia mente genera imágenes voluptuosas y de gran fuerza, ¡pero pide ser gritado!". Yo tomé el libro de la mesa, observé los bordes de las páginas, renegridos y achatados por el roce, y las tapas dobladas. Estaba repleto de marcapáginas de distintos tipos y tamaños, puntos de libro con títulos de los que se suelen encontrar con facilidad en los kioskos de las estaciones, trozos de papel cuadriculado con extraños garabatos a bolígrafo, el tíquet de una tienda para mascotas "¿Dónde está Mal?" le decía "Ahí, ahí..." contestaba distraído "¡Ah, no! Está en casa. Le he construído un laberinto, con sillas, cajas, archivadores y lana. Es un perro muy listo pero yo le convertiré en mi pequeño sidekick. Será mi Watson" No pude evitar sonreír "Tu Scooby, dirás... ¿y quién es este Manuel Serrat?" "¿Manuel quién?" "Manuel Serrat", insistí, señalando el nombre en pequeñito bajo el título en la desgastada tapa del libro "Edición de Manuel Serrat, pone aquí. Y traducción. ¿No escribía este Ducasse en francés? Quiero decir, ya se que eres consciente de que todo ese embrujo de la sonoridad es una ilusión. Es una traducción, y seguro que excelente, no lo dudo. ¿Pero es lo que dijo Lautréamont? El pensaba en francés. Escribía en francés. No sólo buscaba "las palabras", no hay un lenguaje universal de la poesía, amigo. Las buscaba en francés. Uno tiene un amplio abanico, y no escoge sólo las que "encajan". Para escribir algo así debía buscar las que además "sonaban". Establecía juegos de ritmos y pausas, el sonido de una palabra llamaba a elegir la siguiente, esa y ninguna otra" Me miraba muy fijamente, con serenidad. Pero había algo en su mirada, ese famoso "brillo febril" y  algo mas. Podría jurar que en esos momentos su iris era menos verdosos. De pronto su mirada parecía antigua. Esbozó una sonrisa cansada, como si le enterneciera mi comentario "Jacques, amigo. Tienes razón, doy todo el mérito de éste preciso sonido que yo estoy paladeando al traductor, y a todos los que han traducido a Ducasse a cualquier idioma, porque de ellos también se habrá alimentado, en mayor o menor medida, esa versión particular que tienes en tus manos. Yo no confundo reflejos, amigo, ¡tú eres el que se echa el Tarot a sí mismo una vez por semana! Sin ofender, es muy bonito. Pero estas palabras, no importa en que idioma, esas precisas figuras en ese preciso orden, cada metáfora, trascienden su idioma original. No son como los dibujos de tu tarot, con sus códigos ambiguos y sus múltiples interpretaciones a los que sin embargo atribuyes un valor condicionante. Estas imágenes, tan delicadamente descritas, van directas a tí, se te agarran y construyen una experiencia tan vívida como tus mejores pesadillas. Lo hacen con belleza, y ojalá pueda llegar a disfrutar de toda su fuerza en su idioma original. Mery habla francés ¿sabes? Ella me leyó un pasaje en francés, y a penas entendí seis palabras, pero fué lo mas hermoso que he escuchado. Pero también dice, y eso es una gran verdad que deberías aceptar si quieres escribir poesía, que sí que existe algo parecido a eso que denominas "lengua universal". Que la mente debe liberarse de las palabras, que la sacuden en un monólogo inacabable, y encontrar el resorte con el que comienzas a pensar con colores, con sonidos, con las imágenes puras de la mente. Como los bebés, o los seres humanos antes de la escritura. Dice eso ¡y luego es incapaz de seguirme en un sueño dirigido! Creo que es por sus mecanismos de defensa. Estoy seguro de que ha entrenado su mente contra el condicionamiento o algo así. Tal vez en el Mossad, no tengo ni idea, tío. Pero en ese estado cromático, la poesía nace, y por una magia mejor o peor empleada, se fija en caracteres y sonidos pronunciables. Luego tu descifras los caracteres, y brota la esencia cromática, la idea se reconstruye en tu mente. Hasta qué punto llegue nítida depende de muchos factores. Quizás nunca lo haga, y ese es el gran drama de los que escribimos, pelearnos con estas arañas extrañas, magia antigua, se ha perdido mucho, sabes, Jacques, ya no sabemos una mierda" La cosa acababa siempre igual, de pronto miraba el reloj, se daba cuenta de que no tenía reloj, me preguntaba la hora, le decía "la una y media, Aldo" "las tres y cuarto de la mañana, Aldo", o lo que resultara oportuno. Entonces se levantaba de un salto "¡Llego tarde!" y se despedía apresuradamente. Solía pedir algo de queso para el camino.

En una ocasión, tras regresar de un breve viaje de fin de semana, encontré que Aldo había dejado otro pasaje, leído con el mismo perverso deleite, en mi contestador automático. Una oda a los piojos en el Canto Segundo. "No pude contenerme" se justificó cuando le llamé esa misma noche "¿no te parece increíble? Necesitaba leérselo a... alguien" "¿Y ese alguien, que seguramente era tu primera opción, ya sabes algo de ella?". "No" decía con tono tranquilo "al menos hasta el próximo martes". 

Otra noche llamó al timbre, a eso de las diez y media "Jacques, estoy paseando a Mal, ¿bajas, me invitas a un cigarrillo y charlamos un rato?" Empezaba a hacer frío, ya estábamos en noviembre. Pero el pobre no tenía tabaco, eso es algo que un fumador debe entender y un buen amigo fumador no deja tirado a un colega sin tabaco. Me abrigué bien y llegué hasta el portal. Mal había crecido... un poco. A medida que se hacía más alto (ahora le llegaba a Aldo a la altura de la rodilla), daba la impresión de que su cuerpo alargado comenzaba a combarse hacia abajo, como si no acabara de estirarse nunca en toda su longitud. Aún así, estaba lleno de vitalidad y era un perrito de lo más amistoso. "Mal" le dijo Aldo "Olfatea el perímetro". El perro comenzó a olfatear el suelo frenéticamente. Aldo y yo encendimos nuestros cigarrillos. Estaba pálido y ojeroso, me contó que había estado trabajando en una idea que le había venido en sueños, una obra de teatro o quizás un guión de cine. La historia comenzaba en un club extraño, una especie de pub mágico subterráneo, que se alimentaba de la energía psicogeográfica de la ciudad y donde se reunían las almas perdidas. Me quedé paralizado, porque yo había escrito un año antes algo parecido, una historia en la que me encontraba con Henry Chinasky en la barra de un pub mágico, donde una camarera sexy llamada Alabama preparaba los mejores combinados. "Esa historia es mía, Aldo ¿la recuerdas? No la has soñado, te la di a leer hace tiempo. Me dijiste que era ñoña, que se notaba que la había escrito para impresionar a alguien. Yo me enfadé mucho por esa insinuación y debatimos sobre la legitimidad de la "inspiración proyectada" y sobre la tangibilidad de las musas. Al final te mandé a tomar por el culo ¿te acuerdas ahora?" Aldo me miraba y de nuevo esa sonrisa y ese brillo en los ojos "Si, recuerdo esa historia, Jacques. Pero esta es completamente distinta. Y completamente igual. A ti te invitaron Chinasky y esa chica, y yo he estado ahí bebiendo vino con Lautreámont y Mery Magdalenas mientras Ysaÿe tocaba el violín. No tiene nada que ver" Discutimos un rato, y finalmente decidió volver a casa a buscar su cuaderno "cuando te lo lea verás que es totalmente distinto" me dijo "¡Vamos, Maldoror!" Pero Mal no le obedeció inmediatamente. Estaba tumbado a un metro y medio, royendo algo. "¿Que comes? ¡Suelta eso, que asco!" Aldo forcejeó levemente hasta liberar a la presa. La sostuvo con dos dedos, a una distancia prudencial de su cara, y luego la trajo hasta mí "¿Es una rata" pregunté. No me gustan mucho las ratas, y menos las masticadas. "No" dijo Aldo "Parece una libreta de falsa piel de topo, ¡como esas que tú coleccionas! ¿De dónde la habrá sacado?" 

Echamos un rápido vistazo a la luz de la farola, los mordiscos de Maldoror habían destrozado gran parte de la esquina inferior derecha. Dentro, sin pararnos a leer con detenimiento, notas, direcciones, algún dibujo apresurado. Parecía que la mayor parte de su contenido estaba escrito en tercera persona "parecen notas de algún escritor,  o de alguien que quiere escribir... ¿cómo habrá llegado hasta aquí? La letra no me resulta conocida" Aldo observó con mayor atención la caligrafía, se consideraba un experto en ese campo "pues no, yo tampoco conozco la letra. Diría que es letra de hombre, y que casi todo está escrito sobre la marcha, mientras camina o espera de pie. Este tipo no se detiene para escribir en una mesa, coge las ideas al vuelo, mira como le bailan las eles. Tal vez sea algún admirador que sabe que vives aquí, Jacques. Deberías quedártela, poner un letrero en el portal indicando que has encontrado la libreta". Y eso hice, aunque nadie preguntó jamás por ella.

Esa noche volví a curiosearla. El tono de novela negra no me atraía mucho, y ni siquiera estaba muy conseguido. Si que me llamaron la atención algunos caracteres hebraicos y una estrella de siete puntas que seguramente Aldo habría sabido identificar. También había un dibujo sencillo, tipo cómic, de una muchacha que parecía levitar. La guardé en un cajón y ahí quedó durante años. No me di cuenta de lo que tenía entre manos hasta hace relativamente poco, pero por aquel entonces el nombre de Zebra Kidney no nos decía nada a nadie. Tuvimos la clave tan cerca, Aldo, y la dejamos pasar.   


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