(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

martes, 15 de abril de 2014

EXTRACTO (1) El caso del perrito perdido- Por Jacques Percipied. Revista (NOMBRE DE LA REVISTA), abril de 2013



Cuando mi viejo conocido Yulian Moors, editor de esta revista, me propuso hace un par de años colaborar con Lester Lendel y Monícka Avokysymykset en su investigación sobre la posible conspiración orquestada por la llamada "Iglesia Semiótica"  para acabar con su redactor estrella, mi buen amigo Aldo Graco, y que eventualmente habría derivado en el ataque de estupor que lo mantiene en estado catatónico crónico desde entonces, mi reacción fue poco amable, e incluso, según algunos, desproporcionadamente iracunda. Intentar monetizar una desgracia como esa me parecía un acto cruel y digno del más miserable de los fenicios de la industria editorial de las revistas baratas. Aunque Aldo se divertía (y espero que ninguno de los respetables lectores se lo tome a mal) jugando a su "Expediente X" particular, los pocos que verdaderamente llegamos a conocerle sabemos bien que era profundamente infeliz, un romántico empedernido situado fuera de época, la versión opuesta del yanqui en la corte del Rey Arturo. Tenía una sincera pasión por las letras y era en esencia un escritor frustrado que sobrellevaba con relativa filosofía su solitaria vida de periodista especializado en conspiraciones. No me malinterpreten, mi experiencia con Aldo me ha hecho creer en eso que señaló con acertadas palabras el día en que recogió el Premio Truman "Las conspiraciones existen: puede que sólo una de cada diez líneas de investigación tenga una base real, pero la estupidez humana no tiene límites, y el porcentaje de estúpidos es directamente proporcional a su progresión en la escala de poder, por lo que esas pocas conspiraciones reales muchas veces son las que parecen, de entrada, más inconcebibles, y casi siempre resultan ser mucho más retorcidas y absurdas que cualquiera de las que pueda imaginar un paranoico aleatorio". Curiosamente, ahora esa inquietante estatua de bronce que se otorga a los más destacados periodistas del ramo, reposa junto a un busto de Edgar Allan Poe en mi estantería: Aldo la dejó olvidada en el taxi y nunca volvió a acordarse de ella. Así era él, en lo más profundo, un buscador, a la caza de una evasiva idea de pureza esencial. Sus interacciones con el mundo real eran un mal necesario. 

Sin embargo, cuatro años más tarde, y en vista de que el estado de Aldo no parece que vaya a mejorar, he decidido aceptar la oferta para arrojar la luz que pueda sobre una de las posibles claves del caso. En mi descarga (y me veo obligado a realizar esta declaración porque realmente estoy transgrediendo varios de mis principios al redactar este artículo) diré que las ventas de mi poemario integral "Trescientas canciones tristes de humo y ceniza"  han sido tan malas que realmente necesito el dinero que me van a pagar por este artículo, y del que una parte sustancial irá dirigida a comprar una pajarita nueva para el gran Aldo.

Comenzaré citando un fragmento del artículo que Lendel y Avokysymykset publicaron en el número especial de (NOMBRE DE LA REVISTA) de abril de 2010, con motivo del primer aniversario del "evento".

"En los meses que precedieron a aquel fatal 14 de abril de 2009, el señor Graco había modificado algunos de sus inquebrantables patrones de conducta. Se mostraba confuso y desorientado en el trabajo, y se había hecho cargo de un perro, animal que le producía alergia, según sus registros médicos, y pánico según nos cuentan personas de su círculo que prefieren permanecer en el anonimato. Al parecer la responsabilidad de la custodia del animal de raza indeterminada y cuyo nombre no hemos llegado a conocer, llegó hasta el señor Graco a través de quien era posiblemente su amante, una misteriosa mujer extranjera llamada Mery Magdalenas" 

Así comenzaba la reconstrucción de lo que los avezados investigadores llamaron "Aldo Graco y el caso del Perro Perdido", un artículo lleno de imprecisiones y que parte de ideas erróneas para tocar sólo de refilón algunos de los aspectos de la historia.  En primer lugar puedo indicar que el perro sí que tiene un nombre, uno bastante magnífico además. Recuerdo que Aldo lo llamaba "Mal", y que me indicó claramente que era un "galgo italiano cruzado con dachshund", lo que explicaría ese cuerpo alargado que produce un contraste llamativo respecto a la longitud de sus patas, aunque no levanta del suelo mas de cuarenta centímetros. El caso es que el pobre animalito parecía combarse haca abajo cuando permanecía mucho tiempo parado. Recuerdo a la perfección el primer día que vi a Aldo con el perro, y permítanme que para narrarlo introduzca un tono dialógico. Hacía un par de meses que no nos veíamos y nos dimos cita en la terraza de una cafetería muy céntrica:

- Hola, Aldo. ¿Me he equivocado yo, o realmente llegas una hora tarde?

- Disculpa, Jacques. Ahora tengo una serie de responsabilidades que desgraciadamente repercuten de forma negativa en mi impuntualidad. Agravándola, quiero decir.
- Si, no he podido evitar fijarme en que vas sujeto a un animal... me extraña verte con un perro, Aldo, creí que tenías fob... que eras alérgico.

- Por algún extraño motivo Mal no me produce alergia, ni terrores irracionales. Tal vez sean los abrazos de Mery... algún tipo de feromona anithistamínica que se desprende de su cabello, algo así.

No pude evitar sonreír, ese comentario era más típico de mi que de mi buen amigo Aldo, tan reticente siempre a dejarse imbuír por cualquier segregación glandular.

- ¿Y quién es realmente esa maravillosa Mery Magdalenas de la que no paras de hablar en tus correos? Mery Magdalenas ¿de dónde proviene un apellido así?



La sonrisa de Aldo... nunca la olvidaré. Jamás le había visto sonreír de ese modo.

- No es su verdadero nombre, Jacques. No se como se llama en realidad, pero te puedo asegurar que no tiene nada de Mery y mucho menos de Magdalenas. Su nombre verdadero debe ser mucho más sugerente, debe ser impactante. Pero a mi me vale así, si ella quiere llamarse de ese modo. 

 - Oh, mi querido Aldo. No me digas que has conocido a una mujer a la que amar de forma aristotélica.
 - No te burles, Jacques. En todo caso será el máximo platónico, pero no puedo permitirme ir mas allá, si mi voluntad se tuerce estoy perdido. Ella es... dinámica. Lo cierto es que creo que nunca he conocido a nadie que se le asemeje... déjame que te cuente, por ejemplo, la historia de como rescató a este adorable cachorrito.
[...]




   

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