(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

viernes, 20 de febrero de 2009

.27.


Recorro los pasillos del Asilo Magallanes de la mano del sociólogo gigantón. Los pasillos son luminosos y anchos, el lugar está limpio, pero la sensación que percibo es de soledad, de abandono,un lugar abandonado por el tiempo, detenido en un instante monótono, opresivo. A pesar de todo me asusta pensar que podría estar cómodo en un sitio así, llegado el caso, de no ser por el olor a orín, encubierto por otros aromas pero presente en el fondo, una sombra de realidad ineludible: esto no es una casa de reposo, ni un monasterio medieval. Si escarbas un poco la superficie encontrarás lo terrible, las miradas perdidas, los recuerdos dolorosos, deformados, ennegrecidos. Y mi mirada es la del curioso que pasea por un freak show, mi sentimiento de culpa no deja de ser hipócrita. De pronto siento náuseas.
No me dejéis nunca llegar a esto. Quiero salir de aquí.
Mi guía a través de los distintos círculos de este pozo de tristeza infinita maquillado con muebles de Ikea no ha dejado de hablar desde que salí del despacho de Volko. Algo sobre el hip-hop, las cualidades mágicas de su ritmo, la poesía vibrante de sus letras abriéndose paso a través del sistema para dejarnos entrever verdades ocultas. Hago como que le escucho, eludo la verdad que puedan encerrar sus supuestos delirios. Para mí el hip hop son cinco negros grandes blasfemando, rodeados de coños lúbricos, joyas y pistolas. No puedo evitar pensar que es un loco quien habla. El laberinto de pasillos, los gritos y las risas histéricas, los llantos acolchados, el olor aséptico... pero los peores son los silenciosos, los que te miran sin proferir un sonido, sin esbozar un gesto, estaban ahí antes de que tu, un turista que les mira con lástima, llegaras. Y seguirán ahí cuando te marches, silenciosos, mirando las paredes. En sus ojos no hay reproche. Sólo cansancio.
Y aún así, no puedo evitar sentirme juzgado ¿Alguna vez os habéis sentado frente a esas jaulas de cristal de los gorilas y los chimpancés? Y te has topado con ese simio que no hace monerías, sólo te mira con aburrimiento, haciendo que brote una pregunta en la cabeza ¿Por qué yo estoy aquí, y tu estás fuera? Sólo porque yo no soy humano tu te sientes superior. Criatura triste y estúpida. Pero el chimpacé no piensa así, aunque en su mirada nosotros pongamos por él esa voz de reproche. Esta mirada triste, sin embargo, puede estar pensándolo realmente ahora mismo.
Mientras mis propios pensamientos se oscurecen, Mijail se ha enzarzado en una discusión con otro interno.
- Olvídate de esas bobadas. Lo importante es comprender tu verdad, mostrarla, no importa el medio.
- ¿Y a mi que me dices? Yo comencé a prepararme a los seis años para esos juegos olímpicos. Tenía un entrenador, hacía lo que me decía, bebía lo que me pedía, me inyectaba lo que me mandaban que me inyectara. ¿Cómo iba a saber yo que eso era ilegal o malo para mi salud? ¡Eran médicos, cojones! Yo sólo sabía correr, correr y saltar, como un galgo de hipódromo ¡Y eso es lo que haría si pudiera encontrar a esa condenada liebre!
- Tío…
- ¡Que te jodan, Mijail! ¿Donde está mi puta liebre?
Aprovecho ese instante para entrar en un ascensor sin que se den cuenta. Planta tercera.
Aquí todo es distinto. El aire está más limpio, pero la luz es muy tenue, casi testimonial, los focos de emergencia, nada más. Un pasillo amplio lleno de puertas de acero, como celdas de castigo. Un ventanal con las persianas de aluminio completamente bajadas.
Siempre detesté la palabra "ominoso".
(Del lat. ominōsus).
1. adj. Azaroso, de mal agüero, abominable, vitando.

No parece haber nadie alrededor. Avanzo por el pasillo buscando el control de enfermería, pero ni rastro de enfermeras ni celadores. Todas las puertas permanecen cerradas. Llego hasta el lugar, trescientos siete, me tumbo en el suelo con cuidado de no aplastar los tulipanes e intento ver si hay luz bajo la rendija de la puerta. No lo parece.

Busco el interruptor del pasillo y por fin encuentro un panel. Al apretar el botón responde un zumbido pausado y metálico, mientras la persiana comienza a ascender. La luz de la tarde se refleja en las paredes blancas y el suelo reluciente. Me deslumbra la puerta metálica, por un instante me ciega y al retirar los ojos reparo en el tono de amarillo de los tulipanes, es precioso, en serio. Nunca había sido tan hermoso. 


No hay comentarios: