(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

sábado, 31 de enero de 2009

.19.




Hacía algo más de dos años que no me pasaba por el Strasse Café. Antes era mi segundo hogar. Venía por las mañanas a desayunar, leer el periódico, repasar mis notas. Venía después de comer a charlar con algunos amigos, y muchas noches había concierto, cerveza, algún personaje interesante. Con el tiempo fui dilatando mis visitas. Demasiada gente me conocía allí. Demasiada camaradería no es buena, de la forma más tonta y sin tomar el tiempo necesario para hacer las necesarias valoraciones, más y más gente iba entrando en mi vida, más y más gente que en realidad no conocía acababa sabiendo por mis ebrios labios cosas que hubiera sido mejor guardarse para uno mismo. Y ahora vosotros, mis lectores, creeréis que hablo por pura misantropía, que soy un tipo desagradable y con problemas de sociabilidad. No siempre fue así. Pero llegó un momento en que entraba al café con mis libros y mi libreta y ¡oh! Aparecía algún amigo o camarada que estaba esperando a otro y se acabó mi rato de lectura, se acabó el revisar las notas. Por las noches mujeres perdidas agitaban pensativas los hielos de una copa esperando que alguien las arrancara de las butacas con palabras acertadas y poética intuición de los profundos agujeros que poblaban sus almas. De mujer perdida en mujer perdida, el soñador loco y errabundo que las hacía sonreír y que las transportaba a un mundo fantástico en las que ellas no eran ellas y yo era un Gary Grant o Phillip Marlowe. Y luego, decepcionadas, descubrían que yo era Aldo Graco y ellas, que ya habían tapado la vía por la que su espíritu perdía agua, agotadas las lágrimas y el insomnio,se lanzaban con seguridad renovada hacia nuevas etapas de su vida y ahí quedaba yo, estático, acodado en la barra, con una copa de bourbon y dos hielos en la mano. Si no hay nadie mirándote cuando bebes, beber de este modo pierde toda intención poética y en realidad tú, tu único espectador, no eres más que otro patético borrachin que terminará la noche cantando y llamando a treinta timbres antes de darte cuenta de que nadie te va a abrir la puerta: no estás en casa.

Todo eso me trae a la mente este café. Han pintado las paredes y el techo. Han cambiado la mesa y las sillas. Han quitado la mesa de billar y ahora hay carta de cafés, batidos y cervezas de importación. Han cambiado los camareros y ese cartel sobre la puerta decía Baton Rouge Jazz Café, estoy casi seguro. Pero son las ocho de la mañana y la música que suena es la del programa despertador de la emisora local. Ni rastro de los parroquianos, quizás yo fui el inteligente, el que supo retirarse a tiempo, el que escapó de la cirrosis, del cáncer de garganta y de los centros de desintoxcación, de los comedores sociales… miro a mi alrededor y sólo veo oficinistas a punto de entrar al trabajo, estudiantes que se han pirado la primera hora, y un hombre del servicio de limpieza que me mira fijamente con su ojo azul pálido.


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