(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

viernes, 14 de noviembre de 2008

.12.

Hice un refrito sobre muertes aparentemente no naturales de personajes claramente avocados a una muerte natural. Poe, Chet Baker. Con eso bastaba. ¿Por qué darle vueltas a sus muertes? Parecía obvio que se trataba de personas enfermas, presas de terribles delirios causados por las drogas, la bebida, la mezcla de ambas, el fracaso. ¿Mera publicidad o una sutil forma de soterrar las verdaderas causas de la muerte, en efecto, no natural?

Con mi artículo bajo el brazo entro silbando en la oficina (ni que decir tiene, por cierto, que tras el inquietante asunto de Burgess me había inclinado por dejar para otra semana la investigación sobre cualquier otro tema y la búsqueda de mi perrito). Cuando llego al despacho de Julian me sorprende no ver a la puta secretaria mamapollas. Ni rastro de nadie conocido, pero en uno de los sillones de la sala de espera hay un hombre fumando un cigarro, esperando (en estos casos tiendo a fiarme de mis dotes deductivas) Llevaba una lente de esas que usan los fotógrafos para medir encuadres y luces colgada del cuello, gafas de sol y un gorrito extraño. Tenía los labios apretados en un gesto de impaciencia remarcado por un bigotito ridículo a lo Clark Gable. O a lo Errol Flynn, que es un personaje mucho más próximo al mundo de la conspiración: espía para el MI5 en la guerra civil española, recorriendo el frente junto a un médico nazi. Eso y además que tocaba el piano con el nabo.

El tipo que espera se mordisquea las uñas de unas manos sonrosadas y huesudas. Lleva pantalones cortos color camel, calcetines verdes hasta la espinilla, mocasines marrones y una especie de chaleco de pesca, del que asomaban varios carretes de fotos. Sólo le falta el cazamoscas y decir “Livingstone, supongo” para ser un personaje de los Monty Python. Cuando se percata de mi presencia recupera la verticalidad y se presenta “Buenos días. Soy Monterrey” “Hola, señor Monterrey. Soy Aldo Graco. ¿Espera a Julian?” “¿Es usted el escritor, Aldo Graco?””No señor, soy el redactor, Aldo Graco. ¿Está Julian reunido?” “Si, lleva más de media hora ahí dentro. Estoy esperando a que salgan”” ¿Julian y la secretaria?””Y la señorita Polly Masters”” ¿Polly Masters?””Sí, es la modelo de la semana. Yo soy Monterrey, el fotógrafo. Sabrá que todas las semanas incluimos las fotos de una chica de la semana en las últimas páginas de la revista...””Por supuesto, señor Monterrey, he visto su trabajo y he de decir que me parece de un gusto exquisito. Y eso de los animales vivos, que innovador””Me halaga usted, señor. Julian debe estar terminando la entrevista con la chica, estoy esperando para llevarla al estudio en cuanto terminen, de modo que enseguida le atenderán”. En ese momento se abre la puerta de la oficina de Julian, la secretaría me sonríe (zorra). Tras ella cruza la puerta la mujer de la playa, con gafas de sol. Es más hermosa aún de lo que recordaba y no sólo eso, es real, o al menos más real que la ensoñación de la voz de Caterina Valente acunada por la trompeta de Chet Baker. Monterrey se pone en pie y habla con la secretaria. La mujer no me mira, se enciende un cigarrillo. Se enciende un cigarrillo. Un leve gesto, sus manos delicadas extraen de su bolso una pitillera plateada, elige un cigarrillo y con elegancia golpea el filtro tres veces contra la tapa. Cierra la pitillera con un “clap" casi imperceptible, la deposita de nuevo en el bolso. Sus labios (como gajos de mandarina teñidos de carmín granate) se separan levemente y en ese gesto puede intuirse su suavidad, su dulzura, su textura incomparable. Enciende una cerilla. Enciende una cerilla: parece que hiciera magia. Imaginaos la reacción de un hombre de Neanderthal, que dedica la mayor parte del día a conseguir encender un fuego y a conservarlo, si de pronto alguien encendiera una cerilla ante sus narices. Le parecería asombroso, le parecería magia. Cuando la señorita Polly Masters encendió una cerilla con un gesto lleno de elegancia, lento pero preciso, coreografía de manos, yo me sentí hombre de Neanderthal. La llama ilumina brevemente su rostro y entonces puedo intuir lo que esconden los cristales oscuros de sus gafas de sol, los ojos de una dríada enmarcados por unas pestañas nacidas para acariciar el viento. Monterrey rompe el ensueño “por aquí, señorita Masters”. Polly Masters le mira. Vuelve el hechizo. De esa boca primigenia, virginal, surge un leve chorro de humo que golpea el rostro del fotógrafo. Entonces suena su voz, muy baja, como el tañido de una flauta en su escala más grave, tan dulce y tan oscura.

- Sí – dice - hagamos esto de una puta vez.

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