(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento). 1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

domingo, 19 de octubre de 2008

.3.




Y aún así – volviendo a las palabras y siguiendo el ejemplo del Lego – Phillip Marlowe jamás existió. Era un personaje. Tal vez ni siquiera Raymond Chandler existió, en realidad podía ser sólo un nombre: Un nombre en la portada de un libro, un nombre al pie de una foto o en un registro civil, o en una lápida. Homero jamás escribió una línea. Sólo es un nombre que encierra en sí tanta mitología como el de Odiseo o el de Atenea. Alguien por ahí – alguien muy viejo – recordará al viejo Chandler. Alguien conservará los recuerdos de su padre o su abuelo o del amigo de su padre o su abuelo, o de su abuela, o su madre, o una amiga de la madre o del padre o del abuelo, que hablan del viejo Chandler. Cuando eso se haya perdido, el viejo Chandler no será más real que Phillip Marlowe. Será, de hecho, menos real.


Claro que todo esto sólo son ideas. Si las dijera de otra manera, por ejemplo mediante una historia o a través de unos personajes, dejarían de serlo y pasarían a ser argumento. Como quiera que parece ser (me parece a mi) que como argumento es poco prometedor – a no ser que seas Samuel Beckett, otro hombre que dudaba de existir -, en lugar de eso podría hablar de un hombre que perdió a su perrito en el parque. Es mucho más interesante.


Ahora que lo cuento parece casi de película muda. Imagínalo en blanco y negro, con un parpadeo brillante y algunas manchas de esas de las películas antiguas, y moviéndose todo un poco más rápido de lo normal. Paseo por un parque, no se que parque, un parque cualquiera, con caminos de arena y árboles viejos y altos y setos y estanque con peces y patos. Y cisnes. Es pronto, por la mañana, hace frío pero no demasiado, un frío tonificante. Agradable. Me entretengo viendo mi propio vaho y pensando si la niebla no será el vaho que exhala el planeta cuando respira. No se que hora es. No tengo reloj. De pronto siento la necesidad de saber la hora y no tengo reloj, así que busca con la mirada a otro paseante matutino. Un guardia camina por el parque también, con el cuello de la chaqueta muy subido y las manos enguantadas metidas en los bolsillos, camina muy estirado, con zancadas rítmicas, sólo le falta ir dando vueltas a la porra mientras silba y el cuadro sería digno de Chaplin. Quiero saber que hora es, así que voy a preguntarle, pero cuando me acerco a él tropiezo con algo del suelo y salgo despedido agitando los brazos y chillando. Imagináoslo en blanco y negro, salgo de entre la niebla – el vaho del mundo – graznando como un ave de le era glaciar, agitando los brazos como un poseso, desequilibrado, y me doy de bruces contra el guardia y los dos caemos sobre un charco que contiene agua y algo más. El guardia maldice y bufa mientras me trata de quitar de encima y me grita cosas, no entiendo nada de lo que me dice, le cuesta hablar por el frío, por el susto y porque tiene el cuello de la chaqueta demasiado subido, y yo quiero disculparme pero en lugar de eso sólo soy capaz de repetir “¿tiene hora, tiene hora?” con un tono de voz extraño, muy agudo, una especie de chillido histérico mientras trato de levantarme del charco aferrándome a la pierna del guardia, “¿tiene hora?”, el guardia patea tratando de desembarazarse de mí mientras sigue farfullando imprecaciones y me señala con un dedo amenazador. Entonces suena la campana. Once veces. Son las once de la mañana “¡Llego tarde!” como el conejo de Alicia “¡Son las once!”, y echo a correr y por un momento creo que el guardia me sigue, así que sigo corriendo y corriendo, imagináoslo a cámara un poco demasiado rápida, corro agitando los brazos y cuando salgo del parque sigo corriendo y cuando el pecho me arde me detengo y dudo y pregunto la hora a un taxista que fuma. El taxista ni me mira “Las once menos cinco”. Me tranquilizo, intento secar los pantalones mojados y sucios con un pañuelo de papel, trato de recuperar la respiración, enciendo un cigarrillo. Vuelven a sonar campanas (otras campanas). “¡Son las once!”. Comienzo a andar rápido y estoy a punto de llegar. Entonces me detengo, angustiado, observo mi mano vacía y vuelvo la vista a la calle por la que he venido, veo las huellas de mis zapatos mojados en el suelo, en la distancia el parque envuelto en niebla que comienza a levantarse. No se va por aquí. Llego tarde. Y he olvidado a mi perrito.


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